César Bolaños es un pionero de la música electrónica en el Perú. Pero si hasta los años 60 quiso estar a la vanguardia, luego se convirtió en el precursor de la arqueomusicología. Acaba de publicar un libro sobre todos los instrumentos musicales prehispánicos.
Arduo para investigar, raudo para imaginar y fatuo para empeñarse: así era cuando componía música electrónica. Pero César Bolaños abandonó la creación experimental a los 47 años y dirigió sus tres cualidades consecutivas a la arqueología musical. Y dejó plantado al futuro para esperanzarse en el pasado: Bolaños viajó a los rincones más inusitados del Perú.
Podía estar en el asentamiento arqueológico de Morado Chayuc en Ayacucho o en El Algarrobal de Ilo, Moquegua, revisar la colección Óscar Rodríguez Razzeto de Pacasmayo, perder la noción del viento en el museo de sitio de Sechín o darle viento al viento en el Templo de las Manos Cruzadas en Kotosh: Para la historia musical andina este monumento es importante porque en él se descubrió uno de los más antiguos instrumentos musicales: un silbato muy pequeño de hueso que data de más de 3.000 años a.C., así como algunos silbatos de barro que al parecer fueron usados para cazar o hacer algún tipo de señales.
La cerámica fue evidencia imperecedera para este estudioso musical; por ejemplo, cuando analizó los chalchalchas: las sonajas metálicas que los guerreros moches llevaban en el cinto para que, al atacar, provocaran un estruendo animal. Su trabajo documental de décadas se acaba de publicar en un libro, “Origen de la música en los Andes”, que seguramente será una puerta de museo abierta para los investigadores del pasado, en el futuro.
¿Cómo se convierte en arqueo-musicólogo alguien que era un compositor futurista?
Mi vida es complicada, muchas cosas hicieron que cambiase y dejase la música. En realidad yo me dediqué a ella desde niño hasta los 47 años…
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Leí que su abuela tocaba piano en el cine mudo.
Yo no conocí a mi abuela, pero me hubiera gustado conocerla. Ella murió en 1924. De ella supe por las partituras que le dejó a mi padre y que mi padre me dejó a mí. Los dos tocaban en el cine mudo. Cuando falleció mi abuela mi padre siguió haciendo música en D’onofrio, pero todo acabó cuando apareció el cine parlante. Y formó una fábrica de tejidos, se volvió comerciante. Él me enseñó a tocar piano a los 9 años, pero cuando vio que mi entusiasmo era demasiado grande ya no quiso enseñarme.
¿Por qué?
Pensaba que me moriría de hambre y ahora veo que tenía cierta razón… Pero mi interés era tan grande que me matriculó en el conservatorio. Y fui pianista. Y presenté a los 20 años mis obras musicales con Édgar Valcárcel, Francisco Pulgar Vidal. Una de mis obras la tocó la Sinfónica y, como la cosa estaba difícil, me fui a Estados Unidos, cinco años estuve allá.
Sé que fue de lavaplatos…
Sí, pero logré ingresar al Manhattan School of Music en 1959 y, como ya antes estaba interesado en la electrónica, ingresé a RCA de Nueva York, que en ese momento era la vanguardia. Hasta que llegó el compositor argentino Alberto Ginastera, quien estrenaba un concierto para piano. Y nos dijo, a Valcárcel, que también estaba por allá, y a mí, que presentemos algo para el Instituto Torcuato Di Tella. Después nos escribió para darnos una beca y nos fuimos a Buenos Aires.
Y allí se dedicó a estudiar la relación de la música electrónica con las matemáticas.
Conocí al matemático Mauricio Milchberg, con él trabajé la relación entre los números y la música, el punto de vista matemático con aplicación de las computadoras.
En esa época las computadoras eran del tamaño de un cuarto.
Eran gigantescas, se usaban tubos de vacío. Yo estudié electrónica cuando recién se estaban usando los transistores, las reglas de cálculo.
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